jueves, 28 de junio de 2012

DESPEREZO

                           Dedoe...dedoe...entreabre...abrecierra, abre...y cierra... piesmanosestiiiran... y vuelven con tobillos...muñecas que giran y giran... rodiiillas y cooodos... y hombrooos también...  Cobijas arropan cabeza en bolita. Descubro y alaaargo...mi cueeello...hacia atráaas y adelaaante... descobijo los brazos...las piernas...caderas...espaldas...el ser.
'Buenos días' espejo del baño que marcás la almohada en mi cara, enredo en el pelo, ojos achatados. Bosteza el espejo, se empaña.
                            Ecunhi junio 2012

sábado, 23 de junio de 2012

LO NO DICHO

Josefina y Amanda se acercan a los ochenta, son hermanas y por recomendación del médico salen a hacer su caminata diaria. Ni bien pisa la vereda, Amanda, mira el cielo y rápido se vuelve a buscar el paraguas.  Desde chica se alborota con las nubes oscuras, recuerda Josefina, pero ese cúmulo, hoy al menos, no moja a nadie. Aunque ella tiene tanta suerte que se va a desatar una tormenta y me va a echar en cara que si no hubiera sido por el paraguas que se tomó el trabajo de ir a buscar, nos hubiéramos empapado. Las tormentas de verano apenas si mojan la tierra, pero para ella son hecatombes, siempre agranda todo, eso la hace sentir mas importante, corre de aquí para allá, pretende olvidarse la edad que tiene, ¡bah! sólo dos años menos que yo. A la noche cae como una bolsa de papas, la oigo respirar con dificultad, ella no se lo dice al médico, quiere pasar por jovencita. El ascensor se detiene, no es Amanda. Seguro que debe andar buscando algo para traer, por eso tarda tanto, le gusta cargarse con cosas innecesarias. La vecina que sale del ascensor viene directo a darme charla, como si a mi me interesaran sus asuntos. Aquella siempre me deja de plantón y yo tengo que encargarme de las relaciones públicas.
Amanda guarda el pequeño paraguas en una cartera y calcula que queda espacio para fruta. Eso dijo el médico, que comiéramos fruta en lugar de galletitas. Manzanas, aunque me lleve tiempo pelarlas, cortarlas y ponerlas en un tupper, a Josefina también le gustan las manzanas, no lo dice porque se parece al abuelo, no habla de cosas que producen placer, no remolonea ni goza del paseo, camina rápido para cumplir con la recomendación del doctor, le da vergüenza no comportarse según lo que ella considera esta de acuerdo con su edad, parece mucho mayor que yo porque no se divierte, tiene cuatro años más y parecen quince. Mejor voy a orinar otra vez por si nos retrasamos porque no es bueno aguantarse. Quien sabe si encontraremos a alguien interesante, aquella no se detiene a charlar con la gente que es tan amable con nosotras, siempre fue de pocas palabras, “La Mudita” la llamábamos con papá.
La vecina se aleja después de escuchar unos parcos monosílabos de boca de Josefina y aparece Amanda. No me dice qué trae en la cartera además del paraguas, quiere que yo se lo pregunte, se va a quedar con las ganas.   Se la ve seria, ni un comentario, impaciente, le molesta haber tenido que esperarme.  Al menos podría decir porqué tardó tanto, hace lo que quiere sin consideración por los demás, como cuando papá la apañaba, se subía a sus rodillas, le hacía mohines y conseguía todo.   Se muere de ganas de saber que traigo en la cartera pero es orgullosa y no me lo va a preguntar, siempre fue la mejor, diligente en tender la cama, bañarse, desayunar, hacer los deberes, quiere seguir siendo virtuosa y llevar la batuta.   Se ve que le pesa la cartera porque la anda cambiando de hombro, en cualquier momento se cansa y me la da para que la cargue yo, como si fuera la chica de los mandados, pero le voy a decir que no puedo, que me duele la espalda.  Cuando empiece a llover saco el paraguas y me cubro, que ella se moje, va caminando adelante como si estuviera sola, a mi no me amilana con ese carácter agrio que heredó de la familia materna, siempre celosa porque papá me quería más, se le veía la bronca en la mirada.   No necesito lo que pueda acarrear en su cartera, ni me interesa saberlo, junta chucherías y no le queda tiempo para acomodar su habitación y ayudarme en la limpieza, deja todo tirado igual que cuando era chica, si le hubieran dado unos buenos chirlos a tiempo hubiera aprendido a comportarse como adulta.  Caen las primeras gotas y no da vuelta la cabeza, no me espera para compartir el paraguas que estoy abriendo, sigue su marcha, firme. Ahora sostengo el paraguas abierto con el brazo apretado contra el cuerpo, abro la cartera, el tupper, saco un bocado de manzana, ¡ah que rica! y me la voy comiendo bajo la lluvia en mi propio picnic.  Doy vuelta la esquina lentamente y como por casualidad la miro ¡come bajo el paraguas en medio de la lluvia! Traía una manzana en la cartera ¡Qué chiquilina ridícula! 
                                        Ecunhi  Octubre 2011

sábado, 16 de junio de 2012

¡CHA QUE SUERTE!

Por la ranura
de la vida pasa el tiempo
                                     en
                                       to
                                         bo
                                            gan 
¡Eche la suerte amigo!
                      
no               
    du
        de 
             ¿ Qué
                      quiere?         
¿Luminosa mujercita
delantal de cocinera
y cama adentro
                       más
                            un bebé
                                        color de rosa?

¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿TODO ESO?????!!!!!

¿Por sus oscuros
                         veinte centavos?


2010



DIALOGO

Con el cigarrillo
                        en la boca
no somos
              el gran amor
                                uno del otro
lo que se dice
                     dijo ella
sintió
       débiles ganas
                           de llorar
y él dijo:- No. 


2010







EL HOMBRE QUE BAJÓ DEL TREN

                           Llovizna. La luz del farol de la estación se estrella contra el vidrio. Suena el silbato. Manotea la valija y salta al andén.
En el jardín de la casa donde nació siempre daba el sol.
Camina bajo la llovizna hasta el hotel del pueblo. No se embarra. Ahora hay asfalto.
De chico le agradaba la tibieza, tirado en el suelo con los autitos.
Pide una habitación. Adivina algún rostro. Cena y duerme.
Su ruta tenía la medida del jardín.
A la mañana, después del desayuno con galleta de campo, se sienta en el banco de la plaza.
El camión de plástico era grande, el acoplado se desenganchaba y el chofer salía por la ventanilla. Los autos de madera se rompieron de tanto chocar y aprendió a arreglarlos. La bici de alambre se la hizo un tío. El conductor de la moto llevaba casco. Todas las ruedas giran, los ejes no se tuercen, los tornillos y las tuercas están ajustados. ¡Listos para la carrera! Cuando lo llamaban a comer los rayos caían directos, deslumbrantes.
Como ahora, que no hay jardín y la casa de enfrente es un edificio de dos plantas. Pero el sol sigue idéntico su recorrido y él se acomoda de costado en el banco, para que se deslice por la espalda y en su regusto escurran las sombras.  
La abuela lo miraba jugar con la vecina desde el sillón de la galería. Crecieron. A la tarde, separados los varones de las chicas, daban vueltas a la plaza.  Después vino el primer baile y un beso. Se sentaban junto a la fuente y el roble los escondía. Ya eran novios.
La ventana se abre. La vecina sacude algo y cierra. Está igual, con más años. El que llega del trabajo y la besa podría ser él.
Pero su ruta se alejó del jardín.
El sol se pone y vuelve a la estación a tomar el tren.

                                                                                  (Ecunhi. Abril 2011)

¿DONDE ESTÁS CORAZÓN?

                                    Vos no eras así. Vos tenías unos cachetes de manzana deliciosa que daban ganas  de morder. Algo pasó, es cierto, te quedaste piel y huesos, ojerosa, triste, una percha en el escote. Nadie se puso a pensar que a vos la barbie y las bajas calorías descremadas te quemaron el cerebro. Cuando eras esa criatura apacible que hoy todos se preguntan dónde fue a parar, irradiabas una luz mágica, eras el hada feliz. Vos no sabías que lo eras. No te cuestionabas frente al espejo. Desplegabas tus alas y allá ibas en carroza sobre el viento hacia la vida. Hoy estás siempre nerviosa, rezongona y enojada, arrastrando las chancletas por la casa. Retás a los chicos sin razón, insultás sin escuchar explicaciones. Bastó que te dieses cuenta que la moda era ser flaca, para que algo empezara a cambiar en tu figura y en tu alma. Te fugaste con la dieta sin decirme adiós. 

                                         Ecunhi Noviembre 2011.

FOTO DE FAMILIA

Alguien hizo una llamada.
A toda velocidad autos policiales y carros de asalto con agentes especializados, armas largas, cascos y escudos, tocan la sirena por las calles de un barrio donde los vecinos charlan, van y vienen, discuten, comparten.
Convergen, frenan de golpe, saltan afuera de los vehículos, asestan las ametralladoras. Irrumpen en una casa precaria de madera, violentándola.
La gente se esfuma.
Apenas se introducen escuchan el llanto de un bebé.
Sigilosos sin dejar de apuntar se mueven alrededor del desorden; rodean la basura, esquivan ropa tirada, sortean platos rotos, como si hubiera habido una pelea y el enemigo se encontrara aún dentro del lugar.
Un telegrama humedecido bajo un vaso volcado, escueto y cruel avisa el desalojo.
Sobre un sofá desvencijado una criatura de meses llora desconsoladamente, sucia y desabrigada. El escuadrón le apunta. Con tenaz obstinación sigue berreando y agita al aire pies y manos. Piden por radio una asistente social. En posición de ataque mantienen en la mira al masculino llorón hasta que llega la matrona.
Los tíos del pequeño que viven a pocas cuadras, no aceptan de buena gana la custodia del sobrino. Ya tienen tres hijos. Uno en brazos de la madre, otro agarrado a su pollera y el que recién empezó el colegio.
En el trabajo están “reestructurando”, según dice el patrón.
La ayuda mensual que van a recibir por albergar al niño no alcanza ni para leche. La asistente asegura que eso es lo que marca la ley en casos de abandono y desamparo. Les hace firmar unos papeles, les recuerda que el crío se llama José y sale apurada, no sea cosa que se arrepientan.
El tío anda buscando a su hermano con el chico a cuestas y una foto. Recorre bares, plazas y los espacios donde vive la gente de la calle.
Ayer lo despidieron. La inseguridad del futuro lo arrincona, agobia y menoscaba.
Una vieja se le acerca y acaricia al pendejito. Sonríen ambos sin dientes y sin callos en el alma. A cambio de unos pesos, lo que pueda para puchos, promete encontrar al de la foto.
Varios crepúsculos oscurecen la zona perfilando bajo un puente, junto a un bracero encendido, un cuadro familiar a la intemperie. El gurrumin lloriquea. El padre se moja el dedo en una botella de licor y se lo da de chupar para que se tranquilice. La mamá acomoda unos cartones en el suelo para prepararle la cuna. La vieja lo acaricia y canturrea.  

                                    (Junio2009. Ecunhi)